Rahab

una prostituta en la galería de la fe

 

«En la factura de un hos­tal del tiempo de los ro­manos se lee:

Vino y pan............... 1 sestercio

Comida caliente ...... 2 sestercios

Heno para la mula ...2 sestercios

Una moza ............... 8 sestercios

No se cobra precio sepa­rado por la cama, ya que va incluido en el de la moza.»[1]

 

 

Josué 2:1-21 Josué hijo de Num envió desde Sitim dos espías secreta­mente, diciéndoles: Andad, reconoced la tierra, y a Jericó. Y ellos fueron, y entraron en casa de una ramera que se llamaba Rahab, y pernoctaron allí. Y fue dado aviso al rey de Jericó, diciendo: He aquí que hombres de los hijos de Israel han venido aquí esta noche para espiar la tierra. Enton­ces el rey de Jericó envió a decir a Rahab: Saca a los hombres que han venido a ti, y han entrado a tu casa; porque han venido para espiar toda la tierra. Pero la mujer había tomado a los dos hombres y los había escondido; y dijo: Es verdad que unos hombres vinieron a mí, pero no supe de dónde eran.

Y cuando se iba a cerrar la puerta, siendo ya oscuro, esos hombres se salieron, y no sé a dónde han ido; seguidlos aprisa, y los alcanzaréis. Mas ella los había hecho subir al terrado, y los había escondido entre los ma nojos de lino que tenía puestos en el terrado. Y los hombres fueron tras ellos por el camino del Jordán, hasta los vados; y la puerta fue cerrada después que salieron los perseguidores.

Antes que ellos se durmiesen, ella subió al terrado, y les dijo: Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros. Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido. Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros, porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra. Os ruego pues, ahora, que me juréis por Jehová, que como he hecho misericordia con vosotros, así la haréis vosotros con la casa de mi padre, de lo cual me daréis una señal segura; y que salvaréis la vida a mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas, y a todo lo que es suyo y que libraréis nuestras vidas de la muerte. Ellos le respondieron: Nuestra vida responderá por la vuestra, si no denunciaréis este asunto nuestro; y cuando Jehová nos haya dado la tierra, nosotros haremos con­tigo misericordia y verdad.

Entonces ella los hizo descender con una cuerda por la ventana; por­que su casa estaba en el muro de la ciudad, y ella vivía en el muro. Y les dijo: Marchaos al monte, para que los que fueron tras vosotros no os en­cuentren; y estad escondidos allí tres días, hasta que los que os siguen hayan vuelto; y después os iréis por vuestro camioo.

Y ellos le dijeron: Nosotros quedaremos libres de este juramento con que nos has juramentado. He aquí, cuando nosotros entremos en la tierra, tú atarás este cordón de grana a la ventana por la cual nos descolgaste; y reunirás en tu casa a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la familia de tu padre. Cualquiera que saliere fuera de las puertas de tu casa, su sangre será sobre su cabeza, y nosotros sin culpa. Mas cualquiera que se estuviere en casa contigo, su sangre será sobre nuestra cabeza, si mano le tocare. Y si tú denunciares este nuestro asunto, nosotros quedaremos libres de este tu juramento con que nos has juramentado.

Ella respondió: Sea así como habéis dicho. Luego los despidió, y se fueron; y ella ató el cordón de grana a la ventana.

 

Josué 6:22-25 Mas Josué dijo a los dos hombres que habían reconocido la tierra: Entrad en casa de la mujer ramera, y haced salir de allí ala mujer y a todo lo que fuere suyo, como lo jurasteis.

Y los espías entraron y sacaron a Rahab, a su padre, a su madre, a sus hermanos y todo lo que era suyo; y también sacaron a toda su parentela, y los pusieron fuera del campamento de Israel. Y consumieron con fuego la ciudad, y todo lo que en ella había; solamente pusieron en el tesoro de la casa de Jehová la plata y el oro, y los utensilios de bronce y de hierro.

Mas Josué salvó la vida a Rahab la ramera, y a la casa de su padre, y a todo lo que ella tenía; y habitó ella entre los israelitas hasta hoy, por cuanto escondió a los mensajeros que Josué había enviado a reconocer a Jericó.

 

 

La Biblia es un libro tan imparcial que relata los hechos como son, con toda sinceridad y simplicidad. La Biblia dice que Rahab era una ramera, una mujer que vendía su cuerpo por dinero.

Algunos han tratado de disimular este triste hecho diciendo que la palabra hebrea significa «posadera», al igual que «ramera». Esto, posible­mente, es cierto; sin embargo, queda el hecho probable de que fuera una mujer de moral corrompida.

En aquellos días las posaderas eran mujeres, nunca hombres, y pare­ce que un servicio «extra» que proveían era el ofrecimiento de su propio cuerpo, y esto iba incluido en la cuenta. Es interesante observar que en las cuentas de aquellos tiempos se anotaba separadamente la cantidad por la comida y por la moza, pero el coste de la cama no se mencionaba... por hallarse incluido en el precio de la mujer.

Puesto que Rahab atendía huéspedes, es natural que los espías de Jo­sué vinieran a su casa, pues Jericó era una ciudad pequeña, amurallada y probablemente allí era el único lugar donde podían dormir.

¿Sospechó Rahab que aquellos extranjeros eran israelitas? No lo sabe­mos; lo que sí sabemos es que el contraespionaje obró inmediatamente. El rey supo que habían entrado espías judíos en la ciudad y requiere su inmediata detención.

Entre tanto, Rahab reconoce la verdadera identidad de sus huéspedes. Por tanto, les oculta en el terrado, bajo fardos de lino. Era el tiempo de la cosecha de este producto. Como la ciudad amurallada era pequeña, los habitantes de las casas, con sus estrechas calles, deben usar cada pulgada de espacio como almacén. El terrado parece ser el lugar menos conve­niente para ocultar gente, pues aun a distancia otros pueden ver lo que ocurre en un terrado. Pero en el caso de Rahab es diferente; su casa esta­ba edificada sobre la amplia muralla y, por tanto, era mucho más alta que las otras casas. Ningún curioso podía ver lo que allá se hacía. De momen­to los espías están a salvo, pero no por mucho tiempo.

Rahab dirige a los mensajeros del rey en una dirección equivocada. Mientras éstos están buscando por el lugar indicado, ella habla a los es­.pías escondidos. Les dice que comprende que Dios les ha dado la tierra y que los habitantes del país están temerosos de ellos a causa del milagro del mar Rojo.[2] Se muestra bien enterada de lo que Dios ha hecho por su pueblo, y declara: «No ha quedado valor en nadie a causa de vosotros, pues el Señor vuestro Dios es Dios del cielo y de la tierra.»

Así demuestra ser una mujer sabia que obra a la luz de la información que tiene. Muestra discreción al hablar con ellos y astucia al ocultarles, y les sugiere que un favor merece otro. «Yo he salvado vuestras vidas. ¿No salvaréis la mía y la de mis parientes?»

Con esto expresa su preocupación acerca de su propia suerte en la guerra, y al mismo tiempo demuestra su fe en el Dios de Israel. Ella cree que es Dios que lucha por su pueblo y va a darles aquella tierra. A causa del poder de este Dios de los judíos su propio pueblo no tiene la menor posibilidad de mantener a los israelitas fuera de las puertas de la ciudad. Obra de acuerdo con esta fe.

Les pide una señal para que ellos la salven cuando sus ejércitos ven­gan a apoderarse de la ciudad. Ellos le encargan que pongan una cuerda de color escarlata en su ventana, asegurándole que nadie será dañado de los que se encuentren dentro de su casa.

Algunos comentadores bíblicos dicen que aquella cuerda escarlata era una señal de su oficio inmoral, era su «luz roja». Por lo tanto, a nadie le causaría extrañeza, nadie sospecharía que fuera un signo de espionaje. Esto puede ser cierto, pero para los israelitas era un claro indicio del pacto hecho con los espías.

Rahab no pierde tiempo. Apenas los hombres habían dejado su casa cuando ella cuelga la cuerda roja en su ventana. Quiere estar plenamente cierta de que su casa será bien distinguida de todas las demás.

Dios se complace cuando la gente-incluso los no creyentes-toma sus asuntos en serio. jesús lo expresa más tarde cuando dice a sus discípulos: «Los hijos de este mundo son más sagaces en su generación que los hijos de luz».[3]

Una semana después se repite el milagro del mar Rojo. De nuevo las aguas son partidas, los israelitas andan con pie seco; esta vez sobre el lecho del río jordán, que en esta estación del año viene lleno y se desbor­da. Pocas días después ella puede ver una multitud de israelitas andando alrededor de la ciudad en procesión silenciosa. Las puertas de la ciudad están cerradas. Ningún judío puede entrar, ni cananeo alguno salir. Esto continúa por seis días.

Una y otra vez se asegura de que el cordón rojo es bien visible, pues su vida pronto dependerá de esta señal.

El séptimo día los israelitas rodean otra vez en silencio la ciudad. Sus caras tienen, empero, un aire más solemne; la tensión dentro y fuera de las murallas es indecible. Dentro, el pueblo ve el futuro, algunos con horror..., otros con ironía; excepto en una casa: en el hogar de Rahab hay esperanzas y confianza; ella tiene hecho un pacto con el pueblo de Dios...; mejor dicho, con Dios.

Los siete sacerdotes con sus siete cuernos de carnero rodean de nuevo la ciudad haciendo sonar su instrumento, y el pueblo, a una señal de Josué, rompe en un gran griterío. Ocurre lo increíble: la tierra empieza a temblar las murallas, que por años y años habían permanecido como un bastión inconquistable, se derrumban y caen, dejando la ciudad abierta para la invasión.

El escritor de la carta a los Hebreos dice que fue la fe lo que hizo caer las murallas;[4] y por esta misma fe una parte de la muralla quedó en pie; era aquélla en cuya cúspide se hallaba edificada la casa de Rahab.

Ambas partes cumplieron su cometido. Rahab hizo la suya, y Dios recompensó su fe. Su fe en la victoria del Dios de Israel era tan fuerte, que pudo convencer a todos sus parientes a venir a estar con ella. Así fueron salvados.

La vida de Rahab estaba ensuciada con la deshonrosa mancha del pecado de inmoralidad; sin embargo, es iluminada por su brillante fe; su fe fue bastante fuerte para manifestarse en obras. Esto es indispensable, dice Santiago, quien también escribe de ella.'[5] Si la fe -dice- no puede manifestarse en obras, es inútil, es una fe muerta. La fe viva y verdadera sólo puede ser reconocida por obras externas.

Una buena definición de la fe es decir que consiste en una profunda confianza en Dios y su Palabra. Rahab tenía esta clase de fe.

Por lo tanto, Dios toma este cuadro manchado, lo limpia y lo cuelga en la galería de los héroes de la fe. Lo pone al lado de Sara. Estas dos mujeres, aunque tan diferentes, son puestas en la misma línea, juntamente con una larga lista de hombres.

¿Puede considerarse a Rahab una heroína de la fe, como Sara u otras mujeres de procedencia más ilustre? Sí, pues en Dios no hay respeto de personas; no hay casos imposibles para él. Dios justifica al impío.

La historia de Rahab no concluye aquí. La conquista de Jericó sólo marca el principio; ella había encontrado a Dios, y su vida empieza a florecer. Ya no desea más su antigua ocupación. Se convierte en una ho­norable ama de casa. La mujer pagana vive entre el pueblo judío, se casa con un israelita llamado Salmón y tiene un hijo. Si hemos de medir las virtudes de su maternidad podemos hacerlo fijando nuestra vista sobre su prudente y simpático hijo, Booz, el marido de Rut.[6] Ciertamente éste ha­bría tenido una buena educación en su niñez que contribuyó a su buen carácter. Rut fue la abuela del rey David, del cual vendría el Mesías. De este modo, Rahab viene a ser una de las madres en la línea de jesucristo; un privilegio que toda mujer judía envidiaría. Y todo por causa de la fe.

¿No nos ofrece esta historia una hermosa perspectiva acerca del valor de la fe?

 

 

Rahab, una ramera en la galería de los héroes de la fe

(Josué 2:1-21; 6:22-25.)

 

Preguntas

1.      Cuente brevemente lo que ha aprendido acerca de Rahab.

2.      ¿Qué le llama más la atención respecto al conocimiento que tenga del Dios de Israel?

3.      ¿Cuál fue la actitud de Rahab como resultado de pu conocimiento de Dios? (Lea Santiago 2:25.)

4.      ¿Por qué, según Hebreos 11:31, no pereció ella con los desobedien­tes? Mencione cosas que demuestran su fe.

5.      ¿Qué resultados tuvo su fe para sus parientes y para ella misma?

6.      ¿Qué considera como más razonable acerca de la vida de Rahab? ¿Cómo va a aplicar esta enseñanza a su propia vida?



[1] Aus dem leben der antike. Título de un libro alemán en el que aparece esta cita.

 

[2] Exodo 14:26-30.

[3] 2. Lucas 16:8b.

[4] Hebreos 11:30, 31.

[5] Santiago 2:25.

[6] Mateo 1:5 y el libro de Rut.